La inspectora
#50 | Hormonas
Las casualidades hacen que la última entrega de La inspectora del año sea la 50. Todo un número para alguien que no tiene a la escritura como modo de vida ni como hobbie. Lo mío son las máximas, las quejas, los entusiasmos, las observaciones sociológicas y las recomendaciones. Entre esas aguas llegamos hasta aquí.
Este envió viene del lado de la queja, de la impotencia y de la rabia que me genera la falta de sentido común.
La semana pasada se viralizaron unas declaraciones de Hernán Casciari.
Me reservo la opinión sobre el declarante, sólo lo tomo como punto de partida porque sus palabras encendieron las alarmas de las feministas y le llovieron las críticas.
Dolores Gil, una persona inteligente, refinada y sensible, alguien que parece escribir bien sin esfuerzo, autora de un libro extraordinario como es Parte de la felicidad, tuiteó:
Con este asunto de Casciari me quedé pensando en que ningún tipo soportaría el horror de un puerperio, se tomaría el palo a la semana.
Los comentarios al tuit, en su mayoría de mujeres, le dieron la razón y sumaron sus opiniones reforzando la idea de que los hombres no sólo no soportarían el puerperio, tampoco la menstruación, ni el parto, etc, etc…
Acá comienza mi primera irritación. Todas esas obviedades parten de la base de una diferencia biológica determinada por la naturaleza y nuestra condición animal que ni mujeres ni hombres tenemos la posibilidad de decidir. Obviamente los hombres no soportan las cosas que soportamos las mujeres porque nuestros cuerpos son diferentes, la diferencia de hormonas es abismal y la condición de posibilidad de albergar otro ser humano en el cuerpo determina la mayoría de las emociones y los ciclos de la vida de las mujeres. Los hombres no pueden experimentar de la misma manera que las mujeres los temas determinados por las hormonas, como tampoco pueden quedar embarazados ni amamantar. Ya hablé de esas diferencias acá. Entonces, acusarlos de no soportar algo para lo cual su cuerpo no está diseñado, que no eligieron y que no van a poder experimentar nunca, me parece cuanto menos una tontería. Por supuesto que abogo por la crianza compartida y pasado el primer año de vida de los bebés no debería haber diferencias significativas en los cuidados y tiempo compartido con los hijos. Aunque es un hecho que esa diferencia inicial condiciona la relación de un modo irremediable; son pocas la excepciones, por más avanzada que sea la sociedad, las tareas de cuidado y organización del hogar siguen recayendo, en mayor medida, sobre las mujeres.
Toda esta introducción es para contar y denunciar una situación por la que atravesé en la que experimenté objetivamente el machismo de la burocracia estatal que no tiene en cuenta la biología femenina a la hora de establecer parámetros para otorgar/renovar licencias de conducir (como no la tienen algunas feministas cuando le exigen cosas imposibles a los hombres).
Manejar es algo que me enorgullece, creo que lo hago muy bien y disfruto mucho la libertad, la independencia y el poder que me da hacerlo.
Como señalamos en la segunda entrega de La inspectora, es muy significativa la diferencia de licencias de conducir otorgadas según el género en Argentina.
En Argentina, la conducción continúa siendo una actividad principalmente masculina. De las licencias vigentes a la fecha, solo el 35% pertenece a mujeres y en la vía pública sólo 2 de cada 10 ocupa el lugar de conductora en los vehículos. Sin embargo, durante los últimos años la participación femenina en la conducción demuestra una tendencia creciente. Entre 2019 a 2022 la emisión de la LNC para mujeres pasó del 28% al 31% y si se consideran solo las LNC originales el dato para las mujeres asciende al 40%. En cuanto a las clases de licencias vigentes a la fecha, cabe mencionar que casi 3 de cada 10 licencias clase A 1 (motos) corresponde a una mujer, dato similar a la participación de las mujeres en las clases B de autos (35%).
Yo formo parte de ese 31% hace más de 30 años. Hace dos semanas fui a tramitar la renovación. Cuando sos joven, el registro te lo otorgan por 4 ó 5 años, el paso del tiempo vital va achicando ese plazo y la preocupación cuando uno va envejeciendo es aprobar el examen de vista y audición. El compañero Esteban Schmidt contó su experiencia en el trámite en uno de los últimos envíos de su correo. Con la ironía que lo caracteriza describió todas las peripecias que implica el asunto:
Mi primer box fue psicología, siempre el más emocionante porque una empleada municipal tiene el poder de diagnosticarte al punto de que no puedas manejar un auto. La señora, de remera azul, rulos negros, me preguntó que qué hacía; le dije “escritor”, para ver si sentía la asimetría; normalmente digo docente. Pero fue igual. Luego me preguntó si tomaba algún tipo de medicación para dormir, le dije que no, ja; que si consultaba psiquiatras, neurólogos, que no y que no. Si consultaba psicólogos, también preguntó, y a esa le dije que sí, me pareció que le daba verosimilitud a mi personaje. Me preguntó desde hace cuánto, le dije 30 años. Levantó una ceja, “y siempre el mismo”, le agregué, y esa lealtad la interpretó como un signo de salud por un mohín optimista que hizo parecido al arranque de una sonrisa, pero quise hacerme un poco más el vivo y agregué: “bueno, ni él ni yo hemos muerto”. Luego me dio unas tarjetas con dibujitos que yo debía reproducir tal cual en una hoja oficio que me dio. Así que dibujé con la lapicera, que también proveyó el gobierno municipal, puntitos, circulitos y meandros y, por último, dos heptágonos que me parecieron inequívocamente ataúdes y que se intersectaban entre sí, a la altura de las piernas.
Ella me informó mal, o de manera incompleta, pero luchó por hacerme creer que ella lo había hecho bien, que yo tenía que hacer estos dibujos considerando, además, la dimensión original, no solo cantidades y formas, y me quedé sin espacio para los cajones, pensaba dibujarlos en la otra faz. Ahí levantó la banderita del error: “na, na, na…”, dijo. Me pidió, entonces, que los dibuje al lado de otros de los dibujos, el que me parecía una secuencia del Space Invaders. Me hizo sentir que hacía una gran excepción. Y ahí, cuando terminé de hacerlo, me dijo “bueno, está bien” y, pudiendo callar, me diagnosticó: “hay presencia de ansiedad…”. Me regaló este párrafo, así que acepté. “Volvé al salón”, me dijo, dando por aprobado el examen psicológico.
[...]
El estudio médico que vino después fue muy divertido porque consiste en negar patologías que la doctora canta rápido como en el repechaje de Feliz domingo. Me aclaró que las respuestas configuraban una declaración jurada que no te hacen firmar. Bien, después me hizo hacer equilibrio, a mí, que venía de hacer saltitos, que hago pliometría, que camino de noche esquivando juguetes, y la sorprendí con mi elasticidad cuando alcé la pierna. Otro diez.
Yo no tuve la misma suerte que Esteban. En parte porque no fui viva como él y la mayoría de los que pasan por la renovación y en parte porque el sistema carece de todo sentido común.
Mientras esperaba mi turno, me admiraba de la pulcritud y la modernidad del CGP de Boedo (todos son así) de la buena organización y la celeridad de los pasos a seguir. También observe que éramos 3 mujeres esperando contra 6 y 7 hombres. Las estadísticas no mienten. Me llamaron del box de psicología, una empleada mujer (ahí se encendió mi primera alarma, las mujeres suelen ser más impiadosas con otras mujeres) me hizo algunas preguntas de rigor y me otorgó las tarjetas de la prueba de Bender (pensado originalmente para niños).
Le erré en la proporción de dos figuras, las repetí y ahí comenzó mi debacle. La chica empezó a hacer preguntas y yo olvide que a todo tenía que contestar que no y cuando preguntó si estaba en tratamiento psiquiátrico conteste que sí. Que voy cada seis meses a una psiquiatra que me receta Fluoxetina para el síndrome premenstrual. Ella no tenía idea del tema (o fingió no tenerla para seguir hundiéndome). Tuvo que googlear la droga, y se ve que no encontró esto:
Siguió haciendo preguntas, le explique que solo lo tomaba en un período corto del mes y no siempre y blablá. Paró el trámite, me dijo que me iba a llegar un mail con un certificado para que complete mi psiquiatra y que una vez revisado el certificado podía volver para seguir la renovación desde el puesto de visión.
El certificado no lo llena la psiquiatra con sus parámetros y su experiencia, está tipificado por un manual de procedimientos que tiene numerados los diagnósticos establecidos como aptos o no aptos para conducir. Por supuesto el SPM no está entre las causas para estar medicado ni estar apto para la conducción. La psiquiatra tuvo que elegir el diagnóstico menos dañino “trastorno de ansiedad no especificado”.
La respuesta tardo cuatro días en llegar:
Como resultado de ello y según Manual de Procedimientos de la Dirección General Habilitación a Conductores, se determina la aptitud a conducir por un tiempo prudencial, pudiendo ser 6 meses o 1 año de vigencia de la Licencia de conducir, según corresponda.
Si pudiera expresar la furia que me dio este mensaje, no me dan el registro nunca más.
Varias lecciones aprendí de esta experiencia, el sistema está diseñado para que mientas. No hay adulto mayor de cuarenta años que no tome algún remedio y todo medicamento es sospechoso a la hora de querer conducir. No importa, como en mi caso, tener una sola multa menor desde la última renovación, que nunca me quitaron los puntos desde que se implementó el sistema, que jamás me secuestraron el auto, que no tomo alcohol, que hace veinticinco años que no protagonizo un choque y así podría enumerar todos los aspectos qué hacen que sea una buena conductora responsable. Ser mujer, estomago resfriado y tomar 20 mg de fluoxetina me limita el periodo de renovación de la licencia de conducir. Seguramente si los hombres dicen lo que toman también serán castigados, pero en este caso yo tomo esa medicación por una cuestión hormonal que viene ligada a mi condición de mujer. Ya parto en desventaja. Algo huele mal en Dinamarca.
En pos de agilizar los trámites se adoptan procedimientos estándar que no tiene en cuenta las cosas importantes de la trayectoria de un conductor a la hora de volver a otorgarle la licencia y tampoco tienen en cuenta condiciones específicas de las mujeres. Frente a los funcionarios públicos deben sentarse ciudadanos astutos que nieguen cualquier patología porque, aunque no influyan para nada en la capacidad de conducir, serán puestos bajo la lupa, penados sin ninguna explicación razonable por tomar medicación y si es psiquiátrica directamente se arrogarán el derecho de perdonarte la vida y darte el registro por un año, luego de treinta años de conducción intachable.
Las calles seguirán llenas de conductores alcoholizados, drogados, de gente que corre picadas, que va por la banquina en la ruta, que supera ampliamente los límites de velocidad, que no pone el guiño cuando dobla, que acumula multas por estacionar en la rampa de discapacitados, que va a 20 por el carril rápido y así hasta el infinito, pero seguro no declararon que toman un remedio entonces tendrán la gracia del registro por cuatro años.
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Me paso lo mismo Mariela hace 10 años en el ACA. Dije que tomaba un antidepresivo. Cuando me reboto, arme tal kilombo que me saco la policia. Tuve que ir 5 sesiones a hacer dibujitos al Hospital Alvarez. Nunca mas digo lo que tomo. El 80% de los argentinos que maneja toma Rivotril y Alcohol y no pasa nada. Es como con las multas, a los boludos que tenemos la patente en condiciones nos llegan. El que no la tiene o la borroneó a propósito, comete infracciones y nadie le dice nada..
Hace unos años me fui a Tucumán y tuve que hacer el trámite de la licencia,
me hicieron un favor y no me tomaron el práctico, tenia la de Santa Fe. Luego de 5 años volví a Santa Fe y al querer renovar la licencia me obligaron a realizar todo el trámite desde 0 como si sacaba la licencia por primera vez. Burocracia y nada de sentido común.