Sabelotodo
60 | Tristeza
Hace unos días fui a jugar al fútbol a Olivos. El partido era a las ocho de la noche. A la ida, mientras yo iba en moto por Libertador, con calor y la mente un poco dispersa, preocupado porque mi rendimiento en los últimos partidos que había jugado había sido muy malo, el sol caía y teñía las nubes y los edificios de rojo. Con la guardia baja por mis inseguridades y la belleza del cielo, a pocas cuadras de donde tenía que jugar esta vez (un lugar nuevo) pasé por Alparamis.
No sé si Alparamis es un lugar conocido, si alcanza con nombrarlo para que se manifieste en la mente del lector. Quizás alguno dirá ah, sí, claro, Alparamis. Alparamis es una tienda de regalos navideña, muy exageradamente navideña. Parece sacada de Mi pobre angelito o de El extraño mundo de Jack. Pero yo mismo no sabía el nombre hasta ahora. No sabía el nombre, pero el lugar lo conozco perfectamente.
El recuerdo que tengo de este lugar es imborrable y, sin embargo, debo debo haber ido una vez en toda mi vida. Habrá sido cuando tenía ocho o nueve años, con mi abuela y Nené, su mejor amiga y prácticamente una segunda abuela para mí, una dupla medio Thelma y Louise sexagenaria. A esa edad (la mía, no la de mis abuelas), el mundo era vasto y los lugares estaban todos desconectados entre sí. A los nueve años el tiempo pasa más lento, las distancias son más largas y los lugares nuevos son misteriosos.
Hoy, en cambio, ubico a Alparamis en el mapa, lo ubico en su contexto geográfico, en relación a otros lugares. Ubico a la avenida Libertador, a Maipú, la General Paz. Puedo formar un sistema mental, ordenado, que reduce a Alparamis a apenas un lugar en la ciudad. Un lugar que está cerca de otras cosas, un lugar que, de repente, me queda de paso para ir a jugar al fútbol. Ningún lugar mágico y misterioso puede quedar “de paso”. Eso fue lo primero que pensé, más o menos. Uh, acá está este lugar. En medio de la ciudad.
Yo no soy una persona triste y hago un esfuerzo por no ser nostálgico, porque la nostalgia me parece una emoción conservadora y yo prefiero mirar hacia adelante (en especial arriba de la moto, yendo por Libertador a jugar al fútbol). Pero pocas cosas me disparan la tristeza como pasar por lugares físicos. Yo puedo pensar, por ejemplo, en mi escuela primaria con cierta paz, con una distancia emocional sana. Pero si paso por el edificio me invade una tristeza pesada e infinita.
En un afán sabelotodesco pensé “y qué es la tristeza, por qué me pasa esto”. A veces, el sabelotodismo me lleva a comportarme como un robot. Y si busco en wikipedia por qué me pongo triste cuando paso por Alparamis, encuentro cosas escritas para robots, como esto:
Lugares específicos pueden despertar nostalgia. Estos sitios suelen estar asociados con el pasado de una persona, recordándole su infancia, sus relaciones o sus logros. Pueden incluir los hogares donde creció con su familia, las escuelas a las que asistió con amigos, o los espacios a los que iba para citas y matrimonio.
También puedo encontrar que la palabra nostalgia, que significa dolor (algos) por la vuelta a casa (nostos), la inventó un estudiante de medicina para describir lo que le pasaba a los mercenarios suizos que estaban lejos de sus casas y que era una forma de la melancolía. O, que cuando alguien está triste, el cerebro tiene mayor actividad cerca de la corteza temporal media y posterior.
Todo esto no significa nada. Se puede estudiar qué pasa químicamente cuando uno está triste, pero por qué algo es triste será un misterio para siempre. Me hace pensar un poco en lo que decíamos con respecto a los zurdos. ¿Por qué hay una mano hábil en primer lugar? ¿Por qué las cosas pueden ser tristes? Seguramente haya una explicación evolutiva. Es evolutivamente útil sentir tristeza porque… no sé. Si hubiera que pensar en términos evolutivos, de supervivencia de la especie, le encuentro más “lógica” al amor, al apego. Pensé que quizás una cosa necesariamente implica a la otra, que es imposible sentir amor si no existe la tristeza. Así como el frío es la ausencia de calor, la tristeza sería la ausencia de amor. Pero yo no siento que estar triste sea lo mismo a no sentirse querido. Me parece más complejo. Me pregunto si la tristeza no es un efecto secundario inexplicable, que hay cosas de la condición humana que serán un misterio para siempre.
Además, esto no explica que me ponga triste, por ejemplo, la decimoctava variación de la Rapsodia sobre un tema de Paganini, de Rajmaninov. ¡Por decir un ejemplo!
Yo trato de ser una persona racional, científica. Se habrán dado cuenta por la obsesión robótica por encontrarle explicaciones a las cosas más elementales posibles. Y, sin embargo, siempre me choco con la misma pared: la música. Puedo tomar distancia y entender racionalmente (o fingir que entiendo) que una película, un libro, un cuadro, me despierte una emoción o la otra. Me sigue pareciendo mágico que lo haga, al fin y al cabo por qué una película es buena y otra mala también es un misterio, por qué una oración es emocionante y otra no, también, pero con la música la abstracción es absoluta. Es imposible, por ateo que uno sea, desprenderse de la idea de que hay algo misterioso, inexplicable y hasta mágico en el mundo, en estar vivo, en estar triste.
Final
Todo esto de Alparamis pasó un 21 de diciembre. Diciembre, como el cielo rojo del atardecer, es una inevitabilidad arbitraria. No significa nada. O eso diría un cínico. Pero yo no soy un cínico, yo soy un romántico y sé que diciembre y los atardeceres nos hacen notar aquello que suele pasar desapercibido: que las cosas terminan.
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Muy bueno Fran. A mí me pasan cosas parecidas, la nostalgia, la melacolía y otros sentimientos (aunque no asociados a estas fechas) sino porque sí, porque soy así. Gracias! Te mando un gran abrazo y, desde vos, a toda la familia. Felicidades y buen año nene!
No deberías ir donde fuiste felíz, los lugares cambian, tu mirada cambia...vos cambias. Algo así dicen por ahí.
La tristeza... esa sensación de "se me estruja el corazón"... aparece cuando te invade de certeza de que todo se termina pero como soy inevitablemente alegre tiendo a pensar el fin como el inicio de algo (aunque no sepa bien de qué)