Relación de ideas
#101 | La pérdida de contexto
El fútbol, y especialmente el fútbol europeo, se convirtió en uno de los lugares de encuentro más comunes entre personas de diversas etnias. Hay muy pocos equipos de las principales ligas que estén compuestos enteramente por blancos: el crecimiento del fútbol africano ha llenado las ligas de negros, pero también de jugadores árabes y orientales. El fútbol siempre estuvo integrado, no fue como el baseball en los Estados Unidos, en donde se necesitó una figura sacrificial —Jackie Robinson— para romper la barrera racial. El primer ídolo planetario del fútbol fue un muchacho negro, nacido en un hogar pobre y que jugaba en un equipo casi marginal del tercer mundo: Pelé. Los planteles hoy conviven en la relativamente sana armonía en que pueden convivir deportistas de elite muchos de los cuales son multimillonarios y todos los cuales tienen un buen pasar. En muchos sentidos, incluyendo algunos muy buenos, el fútbol representa la aldea global. Este consenso multicultural del fútbol convive, paradójicamente, con una época que interpreta cada palabra como un acto definitivo, fuera de todo contexto.
A pesar de que los medios tienen su ojo puesto en el racismo, lo cierto es que lo que todavía campea en el ámbito futbolístico, prácticamente en todo el mundo, es la homofobia. Estadísticamente tiene que haber miles de jugadores gays, pero solo un puñado ha salido del closet. Por algún motivo, el tema racial se ha impuesto en la conversación pública por sobre el de género. El racismo es visible, la homofobia sigue siendo impronunciable.
Las campañas contra la discriminación de la FIFA comenzaron siendo sobre el racismo. El momento visualmente más extremo fue cuando, en el auge del #BlackLivesMatter, los jugadores de la Premier League hincaban sus rodillas antes de cada partido. Entiendo que el problema fundamental no son los jugadores y su convivencia sino el público, propenso a decir barbaridades colectivamente, así que no veo mal el “Three Step Procedure”, el procedimiento por el cual un partido se interrumpe cuando hay por parte de las hinchadas cantos discriminatorios. Es una medida de efectos claramente disuasivos que por sí misma establece la gravedad del tema y ha sido realmente exitosa. El problema empieza cuando ese mismo protocolo se aplica sin matices a intercambios privados entre jugadores.
El tema se reavivó esta semana por el incidente entre el jugador argentino del Benfica, Gianluca Prestianni, y el crack brasileño del Real Madrid, Vinicius Jr. Para quienes no viven pendientes de la Champions League, describamos de la manera más neutra posible el episodio. Vinicius hizo un golazo, lo festejó junto con sus compañeros en el banderín del córner, hizo gestos con la camiseta frente al público, motivo por el cual fue amonestado, y, cuando se disponían a reanudar el juego, se vio a Prestianni, en un momento en el que están cerca uno del otro, subirse la camiseta para decirle algo a Vinicius sin que se le puedan leer los labios. Vini automáticamente salió corriendo en dirección al árbitro y le dijo algo, señalando al jugador argentino. El árbitro hizo el gesto que activa el protocolo antidiscriminatorio (cruzar los brazos), fue a hablar con Prestianni, hubo un cabildeo de 10 minutos entre los 22 jugadores, los suplentes y los cuerpos técnicos, al cabo del cual se reanudó el partido sin tomar ninguna determinación.
Lo que siguió fue el show de declaraciones, opiniones, debate en redes, postureo y simplificaciones de rigor. Prestianni, habiendo internalizado inconscientemente que era menos grave ser homofóbico que racista, declaró que solo le había dicho “maricón”. Los jugadores del Real Madrid, en particular Mbappé, dijeron que lo escucharon al argentino diciéndole “mono” a Vini. Benfica se puso del lado de su jugador insistiendo en negar el hecho.
El tema no tiene solución porque es indemostrable, es la palabra de uno contra el otro, no hay registro y no se puede condenar sin pruebas. Quedó en el aire la idea de que Prestianni había mentido y efectivamente le había dicho algo racista a Vinicius. Hasta quedó claro que el mismo árbitro pensaba eso, aunque no tenía elementos como para una sanción.
Allí los hechos, ahora suposiciones y opiniones. Es obvio que el jugador argentino dijo algo ofensivo, ya sea racial o sexual. Evidentemente, Prestianni honra la tradición argentina simbolizada por Otamendi o De Paul, de jugar un partido paralelo en donde las provocaciones juegan un papel importante. Lamentablemente esa escuela parece haberse impuesto por sobre la de Maradona y Messi, dos de los jugadores más golpeados de la historia, que sin embargo siempre consideraron a los rivales como colegas con los cuales compartían una profesión que cada uno llevaba adelante como podía. No es que más de una vez no hayan reaccionado de mala manera, pero claramente son excepciones de dos conductas realmente ejemplares. Es una pena la aparente decisión de Prestianni, porque es un chico demasiado joven y talentoso como para entrar en ese juego.
Ahora bien, lo que estamos viviendo no es la era del racismo —no hace falta saber mucha historia para entender que el progreso en ese sentido en el último tiempo ha sido notable— sino la del abandono del contexto. Todo se interpreta literalmente y no hay circunstancias que modelen las palabras expresadas. Ya sea “mono”, “negro de mierda” o “puto”, no es lo mismo decirlas en tus redes, eligiendo con tiempo las palabras, o ponerlas en la tapa de un diario, o decirlas en una conferencia de prensa, que expresadas cara a cara, en la supuesta intimidad de dos personas y en el fragor de un partido de fútbol. Los insultos no son expresiones literales sino sólo intentos puntuales de herir a una persona. Los jugadores entienden perfectamente que hay diferentes contextos, pero que esa distinción se está perdiendo. Por eso es por lo que no renuncian al trash talk, pero lo hacen tapándose la boca, en un movimiento increíblemente hipócrita que la sociedad y los medios han naturalizado.
La historia de las interpretaciones literales, desprovistas de contexto, tiene un capítulo glorioso en la sanción que la Premier League le hizo a Edinson Cavani cuando en un posteo lo trató cariñosamente de “Negrito” a un amigo. Le dieron tres fechas de suspensión y 100 mil libras de multa. Fue el caso más extremo, porque no sólo no se tuvo en cuenta la intención de quien usaba esa palabra sino tampoco la voluntad de la supuesta víctima. Se interpretó que el solo hecho de pronunciar la palabra prohibida generaba un daño, no importaba circunstancias ni voluntades ni la admisión de la propia “víctima” de que no había sido ofendida. Fue la más clara expresión del imperialismo cultural: la imposición de un conjunto de reglas culturales a otro medio, sin ningún tipo de relativización. Los conquistadores de América habrían estado orgullosos.
El caso que nos ocupa es menos transparente, lo cual quizás lo haga más interesante. Uno de los costados más nefastos de las redes sociales es la idea de “clipeo”, la de recortar una imagen —habitualmente proveniente de un programa de televisión o algún otro medio— y que a partir de esa información aislada, sin muchos más datos, se active el juzgamiento colectivo. Esta es, probablemente, una de las aristas más orwellianas de la época. Cuando la incorrección de lo que se evidencia en el clipeo es muy notoria, se desata una reacción cómoda, que provoca satisfacción inmediata en el emisor: la condena moral, la idea de mostrarse en un plano superior con la potestad de señalar con el dedo al infractor. En estas condiciones, el lenguaje pierde toda ambigüedad y las palabras, por sí solas, son las reinas. Así, son tratadas como evidencia moral, prueba jurídica o síntoma psicológico.
Es obvio que sería mejor que Prestianni no haya dicho lo que dijo —suponiendo que dijo lo que se supone que dijo— pero la acusación de racismo no deja de ser desmedida y descontextualizada. Una persona, por más torpe que sea, no puede quedar marcada ante los ojos de todo el mundo por un gesto puntual, instantáneo y reactivo. Es un caso muy similar al de la abogada argentina que, en una pelea a la salida de un bar, hizo gestos racistas captados por una cámara. Sigue privada de su libertad, con tobillera electrónica, lejos de su país, a casi dos meses de producido el altercado. En ambos casos son peleas menores que, sin las cámaras y el ánimo punitivista de la época, habrían pasado desapercibidos.
La mejor representación de ese clima es la carrera de Vinicius hacia el árbitro, señalando con el dedo al perpetrador de la ofensa. Con ese solo gesto, el brasileño convirtió una disputa verbal intrascendente en la representación del racismo, de años de esclavitud y de sojuzgamiento de toda una raza, desencadenando una interpretación simbólica que excede en mucho al episodio.
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Muy buen comentario y sobre todo mientras empezaba a leer recordaba el episodio de Cavani que oportunamente citaste, gran blooper. Abrazo
Excelente. Nada más que agregar. Un abrazo Gustavo.