Invierno
Artista invitada: Laura Gentile
Buenas, me imagino que estarán todos expectantes y ansiosos por el partido de mañana. Yo también, obviamente, pero a la vez ando enfrascada en una lucha con el invierno. Cada año, a principios de junio, mis ganas y mi alegría abandonan mi cuerpo y migran —no sé a dónde— para volver a mí a fines de septiembre. El intermedio se transforma en una cuesta arriba donde todo me demanda un esfuerzo titánico. Pero como son muchos meses y no puedo hibernar cual oso, estoy decidida a encontrarle alguna ventaja, incluso, enseñanza, a esta estación para mí tan aciaga. Me propongo buscar y juntar un ramillete de ideas sobre el invierno que me hagan mirarlo con otros ojos. Acopiar belleza a su alrededor hasta que me guste.
Lo primero que encuentro relacionado con la naturaleza y el invierno es un concepto precioso: la dormancia. Se trata de un proceso fisiológico esencial en determinadas plantas. Durante esta etapa, éstas detienen temporalmente su actividad metabólica, entrando en un estado de reposo que les permite resistir el invierno y prepararse para un nuevo ciclo productivo. Aunque desde fuera parezca que la planta está inactiva, internamente se está preparando para una brotación vigorosa. Esta comprensión, permiso diría, para que haya momentos en que un ser vivo no genere nada, me entusiasmó. No sé si les pasa de cruzarse con gente que uno no ve hace mucho y al momento de hablar de novedades y en qué anda cada uno, no tengan demasiado para enumerar. Quiero decir, quizás estén armando algo pero sin resultados contantes y sonantes aún. A partir de ahora se puede responder “estoy en dormancia”.
De la dormancia pasé a otro concepto igual de poético: la latencia de las semillas. Este fenómeno permite que las semillas sobrevivan durante condiciones desfavorables, como temperaturas extremas o sequías. La semilla permanece inactiva hasta que las condiciones mejoran. También ayuda a la dispersión de las especies: las semillas latentes pueden ser transportadas por el viento, el agua o los animales a nuevas ubicaciones, lejos de la planta madre. Y al mejorar las condiciones, germinar, estableciendo una nueva población. Algunas semillas pueden permanecer latentes durante muchos años, incluso siglos. Y acá hay otro aprendizaje: cuando todo es hostil alrededor, es bueno replegarse hasta tiempos mejores. No intentar dar frutos a tontas y a locas.
A esta altura puedo escucharlos diciendo que lo único que encuentro en el invierno son excusas para no hacer nada. Parece que todo va por el mismo camino: detenimiento y refugio, como si la naturaleza nos quisiera bajar el copete.
¿Es el invierno un freno a nuestro ego? ¿Una pausa forzada? Digan lo que digan sus defensores hay algo de devastación en él, de muerte, de final que apaga. Por algo los griegos asociaban su nacimiento con el dolor. El mito es conocido: Deméter, la diosa de la agricultura y la fertilidad tiene una hija Perséfone que es raptada por Hades, el dios del inframundo. Deméter se desespera y descuida a la tierra, dejándola sin plantas y sin vida. Zeus al ver esto llega a un acuerdo con Hades para que Perséfone pase seis meses con su madre y otros seis con su esposo. Mientras su hija está en el inframundo, Deméter entristecida provoca el otoño y el invierno. Es decir, no resulta ilógico sentir cierto decaimiento en esta época, una merma de la energía, cierta desolación.
De hecho, para la Medicina Tradicional China, que asocia a cada estación una emoción predominante, la emoción del invierno es el miedo. Esta medicina otorga mucha importancia al devenir de las estaciones del año y sus efectos en el cuerpo y la mente: a cada tiempo le corresponde un órgano y un elemento. En el invierno el órgano a cuidar es el riñón, considerado la base de la energía vital y asociado al elemento agua. El invierno —según esta visión— no es un período para el esfuerzo excesivo, sino un tiempo para conservar la energía esencial, proteger el calor interno y acompañar el ritmo de la naturaleza, que se repliega para preparar el nuevo ciclo.
Ah, era eso, no había que resistirse, encaprichándose (encaprichándome) con un eterno “que no decaiga”. El invierno nos recuerda que estamos más unidos al ritmo de la naturaleza de lo que nos gustaría aceptar.
Por último, hay otra enseñanza que nos trae el invierno, para mí la fundamental: mirar para adentro. Cuando tenía veinte años me gustaba viajar sola y como no contaba con un gran presupuesto a veces terminaba en alojamientos bastante deprimentes. Me acuerdo de concentrarme en mi mochila y algún objeto lindo que hubiera comprado en una feria. Me replegaba a mi belleza. Si afuera no hay nada más que desolación hay que mirar hacia adentro. Buscar recursos en uno. La frase infaltable en cualquier película de maestro y aprendiz: “la respuesta está dentro de ti”. El alumno la recibe perplejo, indignado, porque a priori siente que no tiene nada sabio, refulgente, valioso, no ve esa pepita de oro adentro. Solemos buscar afuera. ¿Pero qué hay adentro? ¿Cómo es adentro?
Acá volvemos a la semilla: ¿de dónde nace la frondosidad del árbol? Del interior oscuro de una miniatura, de adentro de algo mínimo, de un punto casi, de una pulgada, de un misterio enorme, de la potencialidad absoluta. Empecé criticándolo pero reflexionar sobre él me llevó a un viaje hermoso. Invierno, ¿querés ser mi amigo?
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Me encantó y me pasa exactamente lo mismo con el invierno. ¡Qué lindo tu texto! A partir de ahora diré que estoy en dormancia.
Esto es genial: "Me acuerdo de concentrarme en mi mochila y algún objeto lindo que hubiera comprado en una feria. Me replegaba a mi belleza. Si afuera no hay nada más que desolación hay que mirar hacia adentro."
Muy bello. Yo soy cada vez más team otoño/primaverda y menos invierno/verano. O sea, antes era invierno a full y ahora prefiero las estaciones no extremas. Debe ser la edad. Gracias por el envío; muy poético pero viene bien si se tiene en cuenta que estamos en el mundial y sufriendo un poco. Un abrazo grande!